miércoles, 13 de octubre de 2010

Entender el racismo

El otro día pidiendo número para el médico en mi pueblo sucedió una anécdota bastante curiosa que me primero me dejó la boca abierta, luego me turbó, más tarde me hizo reflexionar y, por último, llegar a la conclusión de que las personas tenemos un conocimiento profundo de qué significa racismo pero que, en la práctica, lo aplicamos de forma equivocada. Atención al final de la historia porque tiene sorpresa.



La escena, como ya he escrito, unas personas alrededor de un mostrador para pedir número, entre los que me encuentro. El sistema que se aplica es el de "la vé" de forma que el último que llega pregunta "quién da la vé" o "quién es el último o la última" para ponerse en orden para pedirlo. Dependiendo del día, de las bajas de funcionarios, de la fecha (ahora estamos en plena campaña de vacunación de la gripe) y otros factores pueden llegar a producirse colas bastante grandes y conflictos aún mayores que las colas.

Normalmente llega la típica persona mayor "despistada" que se abre hueco entre la gente e intenta agobiar a la funcionaria de turno intentando que la atienda ya arguyendo que "lo mío es sólo un momento". Como es lógico, el grupo reacciona de forma violenta ante este hecho recriminando "la cara dura" que tienen algunos, frase lanzada al aire sin referirse a nadie en concreto pero que llega de forma muy nítida a los oídos de la persona a la que se recrimina, provocando que aumente su "despiste" aún más ya que no suele darse por aludida. Total, vamos a la historia.

Resulta que entra una mujer mayor y se dispone a colarse por el método antes comentado. Un hombre mayor instantáneamente pronuncia la siguiente frase: "hay que ver, los gitanos siempre igual". La mujer, que efectivamente es de etnia gitana, se disculpa diciendo que sólo iba a preguntar una cosa (no voy a valorar si era cierto o no) y vuelve a su posición. Pero, de repente, tras unos 10 segundos, entiende que el comentario que acaba de recibir es racista; en su interior ha saltado alguna especie de alarma que le ayuda a identificar este tipo de comentarios.

La señora comienza con un "racista, que sois todos unos racistas", sigue con un "los payos sí que son malos", continúa "ustedes sí que sois malos que violeais a vuestros hijos", vocifera "los gitanos no hacemos nada" y se va poniendo cada vez más nerviosa dando más voces y repitiendo las frases anteriores como un mantra. Interviene su marido, sesentón alto, gitano de libro con mascota verde, bastón y cojera para reprochar al hombre "a tu hermano siempre lo he ayudado yo mucho".  Continúan las voces sólo interrumpidas con pequeñas pausas de silencios. Hasta aquí podríamos decir que todo "normal".

De repente, otra mujer le pide que deje de dar gritos que está asustando al niño que trae en un cochecito. La señora protagonista se gira, la observa y, sin pensarlo, le grita: "Fiete la paya polaca, que va a venir a mi país a decirme lo que tengo que hacer", luego continúa "si ni siquiera sabe dónde cagó la primera mierda" y algunas frases más con el mismo tinte y repetidas a voces. La otra mujer, que efectivamente es polaca, simplemente enmudece ante el comentario.

Fin de la historia. Es curioso como se puede entender perfectamente qué es el racismo y, sin embargo, al momento, a los escasos segundos, convertirse en racista. La víctima se convierte en atacante. Una señora que en principio podría tener una profunda empatía hacia el sufrimiento del racismo en personas extranjeras, demuestra su falta total de la misma e incluso una violencia despechada.

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